Felipe, de
Creer en México, viene publicando desde hace varios meses ya una serie de materiales en los que promueve la celebración de misas de rito tridentino en lengua latina en México, América Latina y otras partes del mundo.
En lo personal, si las personas desean ir o no a misa, si desean escucharla en latín, en zapoteca o en lituano, si son o no son católicas me tiene completa y totalmente sin cuidado. Creo firmemente en la libertad de cultos y en el derecho irrestricto que cada persona tiene de hacer con su tiempo lo que se le venga en gana.
Sin embargo, como católico este tema de las misas de rito tridentino en latín me resulta particularmente interesante por razones que tienen que ver con mi propia biografía. Yo nací y crecí en lo que hasta la década de los setenta era clasificado por el Guía Roji y otros mapas oficiales y comerciales de la ciudad de México, como el Pueblo de Santa Isabel Tola. Esta localidad, ahora devorada y aniquilada por el magma del volcán que es la Ciudad de México, tiene la bendición (o maldición, según se quiera ver) de estar muy cerca de la Basílica de Guadalupe y de una multitud de templos católicos ubicados en la colonia Lindavista.
Gracias a esa
ubicación singular, Santa Isabel Tola siempre ha tenido serios problemas para construir una vida parroquial como tal. Curas van y curas vienen y dado que el templo parroquial es muy pequeño (no más de 200 o 250 personas cuando está a reventar) y que hay una oferta prácticamente interminable de misas en el complejo de la
Basílica de Guadalupe desde las seis de mañana y hasta las nuev

e de la noche en el templo de San José, operado por la
Orden de Frailes Mínimos, la gente difícilmente se preocupa por ir a misa a su parroquia.
Cuando van, lo hacen donde mejor les caiga. No sólo eso, los templos más cuidados y mejor atendidos pastoralmente de San Cayetano, La Divina Providencia, San José, así como los seis o siete templos ubicados en torno a la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, hacen que para muchos ir al pequeño templo de Santa Isabel de Portugal sea, en el mejor de los casos, una última y nada agradable opción.
No sólo eso, la inseguridad que priva en la capital de la República hizo que hace poco el pequeño templo fuera atacado por vándalos que robaron algunas de las pocas joyas del virreinato que quedaban ahí (pues a pesar de haber sido barrido por los tempos más lujosos de Lindavista, el templo de Santa Isabel había sido construido por la Orden de Frailes Mínimos durante el siglo XVI, un poco antes que el acueducto, llamado de Guadalupe y que también fue destruido por la urbanización salvaje e irresponsable padecida en el DF en los últimos 40 años, fuera construido para llevar agua, justamente, a lo que ahora es el complejo de la Basílica de Guadalupe.
Ubicación y pobreza
La ubicación y la pobreza de mi pueblito, que en mi mente siempre lo será aunque ahora sea una colonia más del DF, apestosa y sucia gracias al Metro, Metrobús, peseros, camiones foráneos y demás especimenes de la fauna urbana, hizo—sin embargo— de Santa Isabel, mi pueblito y mi parroquia, un blanco muy atractivo para que, a finales de la década de los setenta lanzaron un ataque despiadado contra mi Iglesia.
Gente de mucho dinero, aprovecharon la venalidad de los líderes del Comisariado Ejidal de Santa Isabel Tola, quienes les vendieron de manera irregular un terreno para construir una “capilla” dedicada a San Pío X, desde la que esperaban atraer gente que fuera a la Basílica de Guadalupe.
Por fuera, la “capilla” parecía un templo católico más. Sin embargo, cuando se entraba era posible sentirse transportado, casi de inmediato a treinta, cincuenta o 100 años atrás. Grandes letreros advertían a las mujeres que sólo podían entrar al templo en cuestión portando faldas y mantilla o sombrero y que debían, forzosamente, de sentarse de un lado del templo, mientras que los varones debíamos hacerlo del otro lado. Nunca me quedé a escuchar misa ahí, pues en ese momento de mi vida yo dedicaba mis mejores esfuerzos a la tarea, finalmente imposible, de construir una parroquia, es decir una comunidad, en el otro templo, el del siglo XVI que referí anteriormente.
A San Pío X, además, llegaban domingo a domingo, a las 9 y 11 de la mañana, varios autos de lujo, aquellos lanchones de la Ford que eran los Galaxy 500, Impalas y Chevy de ocho cilindros de la GM, y algún—impensable en aquellos años de proteccionismo comercial—Mercedes Benz. No sólo eso. Los señores que practicaban sus ritos ahí en San Pío X, habían instalado poderosos altavoces en las torres del templo desde los que cada domingo le recordaban a la gente sus horarios de misa, al mismo tiempo que lanzaban, desde los altavoces y—sobre todo—por medio de distintos tipos de folletos ataques contra monseñor
Ernesto Corripio Ahumada, entonces arzobispo-cardenal de la Ciudad de México, contra el recién electo
Juan Pablo II, pero—sobre todo—contra el entonces recientemente fallecido papa
Pablo VI.
A Pablo VI, los señores de San Pío X lo acusaban creo que de todos los males que era posible acusar a alguien. En sus mensajes vía altavoces, sin embargo, eran un poco más prudentes, pues sólo hablaban de que sólo en la de ellos, no en Santa Isabel, la parroquia legítimamente creada por el Arzobispo de México
Miguel Darío Miranda, se celebraba la “misa verdadera”, la misa del Concilio de Trento.
En los folletos, en cambio, lo acusaban de ser un apóstata, de haber usurpado el cargo de Papa, de estar al servicio de los judíos y de los comunistas. Le acusaban, igualmente, de destruir las almas de los niños (lo que hacía más difícil mi tarea como catequista de una parroquia que languidecía) y de muchas otras cosas más.
Experiencia
Esta experiencia fue útil en mi caso, pues me obligó a aprender mucho acerca del grupo que dirigía San Pío X, del porqué nos atacaban (pues desde luego, había padres que optaban por enviar a sus hijos a ese templo y no a la parroquia de Santa Isabel). Creo que hasta cierto punto debo agradecerles que me hayan obligado a aprender un poco más de la Iglesia católica y, sobre todo, de las razones profundas de quienes patrocinaban (a muy alto costo) esas misas en latín y, sobre todo, los ataques despiadados contra Pablo VI y Juan Pablo II.
Aprendí ya desde entonces que San Pío X en Santa Isabel Tola era una avanzada de la Sociedad de San Pío X, una iglesia cismática, es decir enfrentada con Roma, con el Papa y con el resto de la Iglesia católica, por distintas razones que iban desde su rechazo a lo que el papa Pablo VI y los obispos mexicanos habían decidido en materia de re

formas litúrgicas luego del
Concilio Vaticano II.
Pablo VI, en uso de su legítima autoridad como papa, había dispuesto que la misa se celebrara de una manera distinta a la que se había celebrado desde el
Concilio de Trento, no a la manera en que Jesucristo celebró la última cena, pues esa, como cualquier persona que haya leído, así sea por error, alguno de los evangelios canónicos, ocurrió de una manera que sería prácticamente impensable celebrarla para nosotros.
Podría decirse que fue la última pascua judía para quienes acompañaron a Jesús y la primera celebración de la misa. Pero esa primera misa muy probablemente ocurrió en arameo, quizás con algunas palabras en griego. Jesús no obligó a sus apóstoles a que se arrodillaran para recibir el pan transmutado en su cuerpo y además les hizo beber de un cáliz con vino transmutado por Él en su sangre.
No había tampoco los ritos con los que ahora inician y concluyen las misas. Muy por el contrario, se sabe que si bien todas las comunidades cristianas de los primeros dos siglos de nuestra era celebraban la eucaristía, cada quien la celebraba de manera distinta y, desde luego, la celebraban en las lenguas que les eran propias.
Ello porque tanto san Pedro como san Pablo, las dos cumbres de la proclamación del Evangelio en los primeros años del cristianismo, habían renunciado de manera explícita a obligar a quienes se integraran a las comunidades de cristianos recién convertidos, a adoptar las costumbres o el idioma de las comunidades judías dispersas a todo lo ancho del mundo mediterráneo, que, por cierto, usaban en su mayoría el griego.
Revelación y razonamiento
A san
Pedro, por ejemplo, le fue revelado en sueños que él podía comer lo que fuera necesario, que no tenía porqué continuar observando las restricciones impuestas por las leyes rabínicas en materia de alimentación (no comer cerdo, no comer mariscos, no mezclar carnes con quesos u otros lácteos).
San
Pablo, que sabemos le encantaba discutir con los filósofos de su época, quien era judío pero poseía también la ciudadanía romana, llegó a una conclusión similar cuando le quedó claro que el mundo era mucho más amplio y complejo que el mundo de las comunidades judías de la diáspora mediterránea y, sobre todo, cuando le quedó claro que si quería ser eficaz en la labor que él mismo se autoimpusó iba a ser necesario que fuera capaz de hablar, comer y ser lo que fuera necesario ser.
Ya para el siglo segundo, cuando los apóstoles originales habían muerto y la sucesión apostólica tomaba forma en la persona de los obispos, las comunidades cristianas del orbe mediterráneo celebraban la eucaristía, la Cena del Señor pues, de muy distintas maneras y en muchísimos idiomas, tantos como distintas comunidades cristianas había en los grandes centros urbanos de la Roma imperial.
Ritos y organización
Los obispos empezaron a advertir la necesidad de regular las celebraciones realizadas en sus diócesis y como consecuencia de ello se fueron desarrollando distintos rituales que fueron tomando forma conforme avanzaba el número de los convertidos al cristianismo, conforme el imperio romano se desmoronaba y, sobre todo, conforme nuevas formas de organización social, política y religiosa emergían en todo el mundo mediterráneo.
Hubo ritos propios de la Iglesia en Roma, del mismo modo que los había en Alejandría, en Jerusalem, en Constantinopla, en lo que ahora es España, en las Islas Británicas, especialmente en Irlanda, y en muchas otras partes del entonces creciente mundo cristiano.
Se sabe, por ejemplo, que en Irlanda y España los ritos locales de la celebración de la Cena del Señor incorporaban el uso de la lengua, la música y las costumbres locales, del mismo modo que se hizo en Roma o Constantinopla. En el caso de España, se trata del
rito Mozárabe que, en medio de muchas dificultades, logró sobrevivir en España durante los 400 años de uniformidad decretada por Trento.
Este mosaico maravilloso con una multiplicidad de ritos y lenguajes, sin embargo, llegó a un abrupto fin cuando, luego de la dolorosísima reforma protestante, la Iglesia católica decidió emprender un serio proceso de renovación que ocurrió en el contexto del Concilio de Trento (1551-1563), que a

lgunos ignorantes llaman la “contra-reforma” católica, pero que nada tiene de “contra”, pues en ningún momento se desconocían las razones de fondo de las críticas lanzadas por luteranos y calvinistas.
Muy por el contrario, Trento desarrolló un ambicioso programa de reforma interna de la Iglesia que incluyó la disciplina de sus sacerdotes, la regulación de sus prácticas, desde la formación de sacerdotes hasta la celebración de los sacramentos.
Fue en ese contexto que se decidió que lo mejor para Iglesia EN ESE MOMENTO era que se unificara la antigua diversidad de prácticas que existían en el seno de la Iglesia en un rito latino que fue impuesto a la gran mayoría del mundo católico del siglo XVI. No a todos.
En algunos casos, por razones históricas, culturales y de otro tipo, se permitió que algunas comunidades del norte y el Oriente de Europa así como comunidades del Asia, así llamada, menor conservaran normas y rituales distintos. Sus sacerdotes se pueden casar, sus obispos son electos por medios distintos a los de la designación que se sigue en el resto de la Iglesia católica y, sobre todo, conservaron el derecho—un verdadero privilegio—de celebrar la Cena del Señor en sus idiomas.

Ese orden se mantuvo prácticamente intocado durante 400 años. Fue en ese momento, en los sesenta del siglo XX, cuando
Juan XXIII decidió que era tiempo, como había ocurrido durante Trento, de volver a ver a la situación de la Iglesia y de impulsar una serie de cambios. Juan XXIII, sin embargo, falleció y por ello fue necesario llamar a un nuevo cónclave y elegir a un nuevo papa, Pablo VI.
Pablo VI decidió que era necesario acelerar el ritmo y la intensidad de los cambios y, como consecuencia de ello, decretó un nuevo orden para la celebración de la misa, el
Novus Ordo Missae (o
Nuevo Ordenamiento para la Celebración de la Misa) No sólo eso, en uso de sus atribuciones, Pablo VI decidió que era tiempo—luego de 400 años de unidad forzada y acaso necesaria en torno al latín—de volver a la pluralidad de lenguas y rituales que caracterizaron a la Iglesia hasta antes de la celebración del Concilio de Trento.
Pablo VI pidió a las entonces recién creadas Conferencias Episcopales de todos los países del mundo que decidieran qué tanto del
Novus Ordo Missae debía ser traducido a la(s) lengua(s) vernácula(s) de sus países. Las conferencias estuvieron en condiciones de analizar los textos originales en latín y de analizar qué convenía más para cada país. En los casos de países pequeños o donde sólo se habla una lengua vernácula (acaso la situación de un país como Uruguay) la cosa era relativamente sencilla.
Países donde hay muchas comunidades de otros países, como en el caso de Estados Unidos, podían usar alguna de las traducciones usadas por los obispos de otros países que usaran esa lengua. Otros más, como México, donde además del español existen un gran número de lenguas vernáculas prehispánicas (náhuatl, purépecha, mixteca, zapoteca, diversas variedades del maya, rarámuri, etc.) tuvieron que emprender ambiciosos programas de traducción de los originales en latín del Novo Ordo Missae a las lenguas vernáculas.
En el intercambio con Felipe, sin embargo, creo que ya hemos llegado a un punto en el que no es posible avanzar a pesar de que he tratado de explicar mis puntos de vista respecto de estos asuntos.
Diálogo sin respuestas
No sólo eso, la discusión de estos asuntos nos ha llevado a considerar otros asuntos que he tratado en respuestas previas a sus mensajes que, sin embargo, él ha decidido no responder cabalmente. No creo honradamente que valga la pena continuar en esta lógica, pues es claro que Felipe hace una lectura selectiva y descalificadora de mis argumentos para acomodarlos a la hipótesis de la que él parte que es, en primer lugar que la Iglesia, la novia de Cristo me recuerda él, habla latín.
Y yo no dudo que hable latín, pero no habla latín de manera exclusiva y, en estricto sentido, si uno ve, por ejemplo, el sitio de Internet de la
Santa Sede, lo que encuentra es que la Iglesia, como institución viva, usa lenguas vivas: español, inglés, alemán, italiano, polaco y portugués son las lenguas en las que el sitio de Internet de la Santa Sede está escrito y lo hacen así porque comprenden qué tan importante es para la religión, no sólo para la católica, sino para cualquiera, ser capaz de comunicarse de manera articulada en las lenguas en las que las personas se comunican entre ellas.
No sólo eso, tristemente, Felipe no dice nada cuando le he planteado que quienes promovieron con tanto celo la misa tridentina en latín lo hacen atacando de manera brutal a la Tradición que él dice defender.
No sólo eso, Felipe me descalifica al hacer equivalentes mis argumentos con los del protestantismo en esta cuestión. Él asume que dado que los protestantes (o, mejor dicho, algunos protestantes que, por cierto, él no identifica cabalmente) coinciden en lo que yo católico y otros muchos católicos decimos acerca de la misa, de la Cena del Señor, de la eucaristía en la lengua vernácula, entonces yo estoy comprando o aceptando los argumentos de los protestantes.
Siguiendo esa línea de razonamiento, si un musulmán piensa como yo que la Tierra gira alrededor del Sol o que el valor de Pi es 3.14 entonces o él es en realidad un católico o yo soy en realidad un musulmán.
Le agradezco a Felipe la descalificación, una excomunión velada, pero afortunadamente, con todo el peso de mis pecados y contradicciones me considero católico. No sólo eso. A diferencia de quienes ahora o hace 20 o 25 años acusaban al papa Pablo VI (elegido por un cónclave legítimo) de apóstata y lanzándose ellos mismos a la apostasía, yo no reniego de la autoridad de Roma, ni siquiera cuando desde allá se nos dice que las mujeres no tienen derecho a ser ordenadas sacerdotes, por citar uno de muchos ejemplos posibles.
No sólo eso. Felipe se refugia en lo que a mi entender es un argumento efectista que empieza desde el uso de la palabra Latín en mayúscula, como si así se le concediera mayor peso a lo que en estricto sentido es una lengua más. Acuérdate Felipe que la
Carmina Burana, un texto que narra lo que ocurría en los aquelarres, las reuniones de brujos y brujas de la Edad Media, también está escrito en latín, del mismo modo que lo está la
Guerra de las Galias, que es un excelente libro por muchas razones, pero no es—en modo alguno—un tratado de virtudes cristianas.
Ante esto, me resulta inevitable preguntar (aunque es claro que a estas alturas de este intercambio yo ya no espero respuesta de tu parte) ¿crees que así le das más peso a esa lengua?
No sólo eso, deberías aclarar, si fuera posible, de qué latín estamos hablando en este caso, ¿del "Latín" de primer reino romano, el de
Rómulo y
Remo? ¿Del "Latín" de
Julio César,
Cicerón y
Octavio Augusto? ¿Del "Latín" de la decadencia imperial romana? ¿De cuál "Latín"? Porque así como con el griego, el arameo (no hay necesidad de usar mayúsculas al referirse a un idioma, vaya, ni siquiera cuando se habla del latín) o el español estos y cualquier otra lengua o idioma evolucionan al paso del tiempo.
Sólo compara el español del
Cantar del Mío Cid con el que Góngora o sor Juana Inés de la Cruz usaban o con el español de los siglos diecinueve y veinte y te podrás dar cuenta que las lenguas algo muy parecido a un ser vivo. De hecho el latín fue tan vital que evolucionó en lo que ahora son muchas otras lenguas, entre ellas el español.
Tristemente Felipe, tampoco admite considerar siquiera el argumento acerca del linchamiento, al más puro estilo de la política mexicana, de un sacerdote a quien alguien captó celebrando una misa con disfraces de Halloween. Algunos de los lectores de Felipe han hecho escarnio de este cura en su espacio, sin que hasta el momento haya quien diga esta boca es mía para impedir que así se haga.
No sólo. Hay quien llegó al extremo de decir que sólo: “La misa de Sn. Pío V es la unica verdadera y sagrada”. El autor de ese sacrilegio, un señor o señora que firma en la bitácora de Felipe como Marduk comete ahí mismo una blasfemia que conecta perfectamente con los argumentos que escuchaba o leía yo en los panfletos editados por los responsables del Templo de San Pío X en mi pueblito, ya desaparecido, de Santa Isabel Tola.
Ellos decían eso mismo. No sólo eso, ello llevó al líder de la Sociedad de San Pío X, el obispo
Marcel Lefebvre a cometer en 1988 un cisma, así calificado por el Papa Juan Pablo II en persona, cuando él y el obispo brasileño
Antonio de Castro-Neves decidieron ordernar como obispos, sin permiso de la Santa Sede a varios, presbíteros afiliados a la SSPX.
Validez y ceguera
El señor o la señora Marduk insulta a Juan XXIII, a Pablo VI, a Juan Pablo II y al trabajo realizado como cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe por
Joseph Ratzinger y tú Felipe no has movido una tecla en tu bitácora para decir esta boca es mía. No sólo eso, bastaría que suscribieras o aceptaras algunas de las críticas que yo he hecho al señor o señora Marduk, aunque sea hasta ahora que lo identifique por nombre (o por apodo al menos) para al menos dejar en claro tu posición en torno a este asunto.
¿Tú en realidad crees que la única misa que es válida es la de San Pío V? De ser así te tengo malas, muy malas noticias, salvo que me haya pasado de noche, yo no tengo noticias que Juan Pablo II o Benedicto XVI celebren algunas de las muchas variedades de la misa tridentina. Ellos celebran, de manera cotidiana y sistemática, con el Novus Ordo Missae de Pablo VI y lo hacen en su gran mayoría en alguna de las lenguas vernáculas, las muchas lenguas vernáculas, con las que los católicos del mundo nos comunicamos entre nosotros.
No sólo eso, Felipe tampoco considera siquiera por equivocación el argumento acerca de las razones que llevaron a las conferencias episcopales de todo el mundo a optar por una celebración eucarística con dominante o totalmente en las lenguas vernáculas. En ese sentido, el desdén no es para mí, que soy nadie en la estructura de la Iglesia. El desdén es para toda la estructura de autoridad, enraizada justamente en esa Tradición en la que él se quiere escudar.
Tampoco dice una sola palabra sobre la apostasía de Lefevbre y sus seguidores.
No sólo eso, asume que yo veo el pasado de la Iglesia católica como algo de lo que yo deba avergonzarme. No sé porqué él hace eso. Al hacerlo él se proyecta o proyecta en mí discusiones que quizás ha tenido con otros para economizar sus argumentos en este intercambio que queda claro para mí que no lleva a ninguna parte.
Yo jamás podría avergonzarme de ser católico. Con todas las contradicciones que se le pudieran ver a la Iglesia católica, ésta nunca cayó ni ha caído en los excesos de otras confesiones.
No sólo eso, esa acusación encubierta de silogismo forzado, es gratuita, pues nunca, en ninguna de mis intervenciones en tu espacio o en los espacios que yo edito o en otros espacios virtuales o reales he asumido una posición que pudiera justificar lo que en el fondo es un recurso fácil para entablar un diálogo que es claro que tú no tienes interés en establecer y que yo entiendo que no estás obligado a tener conmigo. Yo asumí que efectivamente había ese interés de tu parte y ese fue mi error, lo lamento mucho y créeme que no volverá a suceder.
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