miércoles, octubre 03, 2007

Restaurantes, tabaco y legalidad

Los últimos siete años tuve la ventaja de vivir en Nueva York, un lugar que, para quienes somos no fumadores, es un paraíso. No sólo eso, en el verano del hemisferio norte tuve la oportunidad de ir a otro lugar que es igualmente un paraíso para los no fumadores como yo: Buenos Aires.

En ambas ciudades, como en muchas de Europa y California, los no fumadores no tenemos porque padecer las consecuencias de las addicciones de algunos. Podemos consumir alimentos, beber café y platicar o leer el periódico, preparar clases o hacer algún trabajo profesional o académico en distintas áreas públicas, sin tener que lidiar con el humo de otros.

No sólo eso, a diferencia de lo que va a suceder en la Ciudad de México--al menos en teoría--en los próximos días, la prohibición es absoluta. No existen áreas de fumar y de no fumar pues eso, en realidad, es un mito inútil. No, tanto en Buenos Aires como en Nueva York, todos los restaurantes y bares son espacios libres de humo. Los que quieren fumar--ni modo--tienen que salir de los restaurantes o de los bares.

Acá en México, como nos gusta enredarlo todo y pensar que todos los estudios sobre las consecuencias negativas del consumo del tabaco valen para puras mentadas o son una conspiración para atacar a las pobrecitas tabacaleras, el gobierno del Distrito Federal--que tampoco es un dechado de eficacia--penosamente trata de impulsar una nueva reforma a los reglamentos en la materia.

Hasta el momento, por lo que he podido apreciar en mis poquísimas salidas en estas semanas que llevo acá en la Ciudad de México, quienes no fumamos tenemos que conformarnos--si queremos--con los asientos más próximos a los sanitarios, con ese inevitable tufo a mezcla de orines, excremento y el desinfectante que estén usando ese día en el changarro al que se va a comer, hasta donde--desde luego--los señores y las señoras fumadoras llegan con el cigarro en la boca o en las manos como para hacer más obvio que les importa un rábano el reglamento o tener un mínimo de respeto por quienes no tenemos por qué compartir sus humos.

El esfuerzo del GDF obviamente, se enfrenta el tradicional golpeteo de los intereses de las tabacaleras con operaciones en México, al enojo egoísta de los fumadores, al empecinamiento de los dueños de restaurantes y bares a quienes no les faltan pretextos para quejarse de algo e incumplir cuanta legislación exista y, de manera más amplia, a la actitud infantil de millones de mexicanos que creen que cualquier cosa promovida por un gobierno es negativa por el simple hecho que la promueve ese gobierno (sea federal, estatal o municipal y sea del partido que sea).

Nuestra irracionalidad, en ese sentido, es muy superior a la proverbiales actitudes de prepotencia del habitante de la ciudad de Nueva York (la actitud del "been there, done that") o a la igualmente proverbial actitud del porteño, del habitante de Buenos Aires. Lo nuestro, sea en el tema del cinturón de seguridad, del respeto a la disposición en materia de consumo de alcohol mientras se conduce, o en materia de consumo de tabaco es una desesperada carrera para hacer más insoportable la vida en la Ciudad de México.

No es de sorprender, en este sentido, que la voz líder en la perpetuación de estas conductas de falta de respeto a las leyes y reglamentos y, de manera más amplia, de falta de respeto a la salud de los demás, la llevan los medios de comunicación que, no en balde, temen perder los contratos de publicidad de las tabacaleras y las destilerías.

Este miércoles, por ejemplo, me topé con una nota en El Universal que resume bien estas actitudes tan patológicamente nuestras. Lejos de advertir los beneficios que podrían derivarse de limitar el uso público del tabaco, especialmente en espacios como restaurantes, los editores de El Universal presentan la medida como destinada a "endurecer la ley contra los fumadores" y lejos de darle voz en el material en el que informan de los cambios en la ley a quienes no fumamos o a quienes pudieran aportar datos sobre los efectos negativos que tiene el ser un fumador pasivo sólo presentan las voces de los restauranteros enojados porque--según ellos--van a dejar de hacer negocio.

Ya desde ahí empiezan los problemas. Cualquiera que viaje a Nueva York o a Buenos Aires verá que la gente sigue yendo a los restaurantes y a los bares. La diferencia es que van a comer o a beber una copa, pero al hacerlo no obligan a nadie a fumar su humo de segunda mano. Los restaurantes que eran buenos antes de los cambios, lo siguen siendo después de los cambios y siguen ahí, con un ambiente mucho más sano, especialmente para sus trabajadores quienes son, en estricto sentido, los más afectados por el compulsivo consumo público del tabaco, pues ellos no tienen opción de largarse (como yo lo he hecho en más de una ocasión) o de no comer en un lugar donde no hay una zona de no fumar relativamente decente.

A los meseros y las meseras (algunas de las cuales trabajan incluso cuando están en el tercer o cuarto mes de un embarzo) no les queda de otra; tienen que aguantar al pie de la barra el capricho de los fumadores, del mismo modo que quienes conducen tienen que enfrentar el riesgo de lidiar con algún necio que opte por conducir un auto mientras está borracho.

Y no son alucinaciones personales. Más allá del hecho que uno sí resiente el verse obligado a respirar humo de manera involuntaria, está el problema--desde luego siempre minimizado en México--de los riesgos de estar expuesto a estos humos. Aquí está, por ejemplo, el reporte 2006 de la oficina del Cirujano General, el General Surgeon, del gobierno de Estados Unidos sobre las consecuencias de la exposición involutaria del humo del tabaco.

Pero claro, en México de lo que se trata es de quejarnos, de incumplir cuanta ley exista y de joder y ello no es sólo responsabilidad de los restauranteros y su personal que, en más de una ocasión temen o, de plano se resisten, a hacer efectivas las regulaciones en materia de control del consumo del tabaco en sus establecimientos.

En la caricatura que aparece arriba, una imagen de la prensa de Estados Unidos de 1969, hace ya casi cuarenta años, cuando las discusiones acerca de fumar o no en público empezaban. En la leyenda se lee "La física según los dueños de los restaurantes".

Tiene que ver también con la actitud que tenemos quienes no somos fumadores y, muchas veces por pena, por no parecer sangrones o por evitarnos un pleito con algún inconsciente, optamos por aceptar que se fume en un espacio público donde supuestamente no debería de fumarse.

Sin embargo, es un hecho que los no fumadores, clientes y empleados de espacios públicos, tenemos que exigir que las leyes se respeten y no aceptar que los dueños y gerentes de restaurantes, por simple flojera, las incumplan.

Ese es el sentido de este último cartel, que se encuentra en distintas partes de Buenos Aires y que recuerda justamente el papel que los no fumadores podemos desempeñar en este problema. Quedarnos callados o cruzados de brazos, además, sólo contribuye a que se agrave esta tradición mexicana de no cumplir con las leyes, que nos consume, carcome el alma misma del país.




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