viernes, diciembre 15, 2006

Militarización, cabilderos, Carter y Televisa

Un dato interesante de la realidad mexicana es el de la creciente militarización de la seguridad pública en el país.

No es que crea que es necesariamente negativo, muy por el contrario. Hace algunos meses, cuando Estados Unidos anunció su decisión de militarizar la frontera con México apuntaba algunas razones por las que me parecía necesario para evitar un mayor tensamiento de la relación entre los dos países, pero--sobre todo--para obligar a la opinión pública de E.U. a verse en el espejo que no desean verse: el de un país con muy alto consumo de drogas cuyas instituciones se han visto tan o más afectadas que las mexicanas por la corrupción generada por el narcotráfico.

En ese sentido, creo que la decisión de militarizar la seguridad pública en México es, en realidad, la única vía que el Estado mexicano tiene para recuperar márgenes mínimos de control del territorio nacional.

El problema es el de definir cuánto tiempo y a qué costo. Sería muy grave que, como lo intentaron los autores de los presupuestos de ingresos y egresos para el 2007 se piense que es la educación pública la que debe pagar los costos de la incapacidad fiscal del país y los de la quiebra de los sistemas de administración y procuración de justicia y de seguridad pública.

Esto es importante tenerlo en cuenta no sólo por lo que hace al rubro educación, sino también por lo que hace a otros rubros como salud y promoción del desarrollo, especialmente en el caso de las comunidades indígenas que, como nos enteramos gracias al último (finalmente) berrinche de la señora Xóchtil Gálvez, también vieron recortados las asignaciones dadas durante el último año del (des)gobierno de Vicente Fox.

Que el Ejército y la Marina entren como bateadores emergentes para enfrentar la crisis que se enfrentaba en Michoacán puede ser bueno. Lo que no lo es, es que no se sepa por cuánto tiempo, en qué condiciones y con qué costos para las Fuerzas Armadas mismas, para la hacienda pública y para otras áreas de la administración pública federal.

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En este sentido también resultará muy interesante observar si efectivamente el gobierno se sostiene en su decisión, a mi parecer sensata, de elevar los impuestos a los refrescos y a los cigarros. Como consumidor empedernido de refrescos que soy no creo que quienes los consumen de manera rutinaria se vayan a perder de nada que sea particularmente útil. Tampoco creo que el llanto de las tabacaleras tenga por qué merecer tanta atención de parte de los medios de comunicación que, en ese sentido, también enseñan el cobre al hacer evidentes y poner por encima del interés público sus relaciones con esos grupos agrocomerciales.

El problema de fondo es, sin embargo, que dado el diseño institucional del poder legislativo en México, una copia mala del que existe en Estados Unidos, México--como Estados Unidos y en general cualquier régimen presidencialista--es muy vulnerable a la influencia que los asi llamados cabilderos logran desarrollar.

La estabilidad que los legisladores tienen en sus cargos en los regímenes presidenciales (donde son elegidos para periodos fijos y no es posible que el legislativo sea disuelto) hace que los cabilderos tengan todas las condiciones no sólo para torpedear iniciativas como las que se gravan con impuestos adicionales a los refrescos y al tabaco, sino en general para gravar cualquier iniciativa que pase por el legislativo.

Esto es algo que quienes piensen que la gobernabilidad del país va a mejorar con la reelección inmediata de los diputados y senadores deberían de tomar en consideración. Países de régimen presidencial con reelección inmediata de legisladores como Estados Unidos o Argentina son más propensos que los de régimen parlamentario o los de régimen presidencial sin reelección inmediata a los ataques de los cabilderos y, sobre todo, a los ataques de quienes pagan por los servicios de los cabilderos.

Hay evidencia abundante de ello, sólo hace falta tener la honestidad intelectual para aceptar lo que esa evidencia nos dice y evitar hacer todavía más difícil la gobernabilidad de México por introducir una medida que lejos de facilitar la solución de conflictos y la construcción de acuerdos en el Congreso los van a hacer más difíciles.

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Un muy buen argumento a propósito de los efectos negativos que los cabilderos tienen en las democracias presidenciales, especialmente en el caso de Estados Unidos, ha sido adelantado por el expresidente de este país Jimmy Carter en su libro más reciente, titulado Palestine: Peace, not Apartheid.

El libro ha causado furor, pues el premio Nobel de la paz 2002 y arquitecto de la paz entre Israel y Egipto a finales de los setenta, utiliza el concepto de apartheid para explicar el tipo de relación que el gobierno de Israel tiene con los palestinos residentes en los territorios ocupados, en la Franja de Gaza y en Palestina propiamente.

Además del libro, un verdadero acto de valentía cuando se considera el nivel de influencia de muchos grupos que defienden las posiciones más radicales de los políticos israelíes, el expresidente ha publicado también un artículo en The Los Ángeles Times. Carter, quien también ha debido enfrentar severas críticas de algunos de sus colaboradores por el contenido del libro y el artículo en el Times de Los Ángeles, está plenamente consciente--sin embargo--del carácter provocador de su intervención en la arena pública estadunidense facilitada por dos factores.

Por una parte, la reciente derrota del Partido Republicano en las elecciones legislativas de noviembre de este año y, sobre todo, por las consecuencias cada vez más dolorosas de la guerra en Irak.

Eso ha abierto, me parece, una ventana para reconsiderar algunas de las posiciones más radicales en torno a las posibles soluciones al conflicto en Medio Oriente que tienen que ver no con la existencia de una conspiración judía para evitar que se discutan estos temas en Estados Unidos, sino--sobre todo--con el hecho de que hay grupos de protestantes fundamentalistas blancos, el mercado electoral de George Bush, quienes consideran que para que ocurra la segunda visita de Jesús a esta tierra nuestra, la parusía, es necesario que se cumplan varias condiciones, una de las cuales es justamente la de la existencia del estado de Israel.

Las visiones apocalípticas de estos grupos de fundamentalistas pseudocristianos han sido desde la década de los cuarenta un elemento muy importante en la definición de las actitudes públicas en Estados Unidos hacia el estado de Israel y, más recientemente, han jugado un papel fundamental en la construcción de lo que fue la mayoría que llevó a Bush a la Casa Blanca y que ratificó su mandato en una elección legislativa (2002) y una presidencial (2004) con las consecuencias que todos conocemos.

Carter, con su tono afable y bonachón, lanza--sin embargo--poderosos dardos que han provocado una airada reacción de algunos grupos de judíos (y sus fundamentalistas evangélicos aliados) quienes, desde luego, lo acusan de anti-semita. Lo interesante, sin embargo, es que tanto en Nueva York como en Los Ángeles hay grupos numerosos de judíos que critican severamente las políticas seguida por Estados Unidos e Israel en su relación con Palestina.

Uno de los más interesantes es un grupo muy amable de señoras judías de entre 50 y 70 años que se reúnen en las inmediaciones de Union Square, muy cerca de NYU y de The New School University (Broadway y la 14) y de cuando en cuando distribuyen panfletos en los que expresan sus críticas a las posiciones de Estados Unidos e Israel.

A pesar de ello, no dudo que muy pronto alguien salte desde Fox News (en el nombre llevan la fama) para calificar a Carter de antipatriota. El clima, la conversación política en Estados Unidos es propicio para ello y para muchas cosas más, especialmente ahora que es claro que la estrategia de Bush no sólo ha fallado, algo que estaba claro desde el principio de su aventura imperial, sino que también ya no convence ni siquiera a los más dóciles electores del Partido Republicano.

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Volviendo al México, creo importante enfatizar que un ejemplo de la vulnerabilidad de los regímenes presidenciales a la influencia de los cabilderos y sus patrones puede verse en las consecuencias lamentables de la así llamada Ley Televisa. Esa ley, que no en balde recibió ese nombre, es una prueba muy concreta del poder que los cabilderos tienen para influir en las decisiones del legislativo en un régimen presidencial.

Al hablar de Televisa es inevitable señalar un par de datos recientes que me parecen muy interesantes. El primero es el de la campaña que han lanzado contra los intermediarios del mercado farmaceútico en México.

Ver a las talking-heads de Televisa lamentarse de los efectos distorsionadores que los monopolios tienen en los mercados mexicanos es tan estridente como escuchar a Robespierre hablar de compasión por los enemigos.

Y no es que yo piense que se debe de proteger a los monopolios que efectivamente controlan la distribución de medicinas en México. Lo que no debe perderse de vista es que al atacar a la familia Saba como lo hace Televisa en realidad está tratando de desacreditar a quien, para bien o para mal se ha asociado con Telemundo-NBC para entrar al mercado mexicano de la televisión.

La familia Saba está muy lejos de ser un ejemplo de pulcritud en los negocios y creo que las críticas que se les hacen a ellos, a Nacional de Drogas y a otros distribuidores de medicinas en México son muy útiles. El problema es que se critique esa situación como recurso para evitar el ingreso de otros proveedores de servicios de televisión a México.

Porque, reconozcámoslo, la TV y los medios de comunicación en México también resienten los efectos de la existencia del duopolio de la televisión con el que contamos, no sólo en materia económica, que en sí mismo es muy serio, sino también en términos de la pluralidad política y cultural del país, una dimensión que no se resuelve llevando a Brozo o alguna de sus múltiples personalidades a los noticieros de Televisa, es mucho más complejo que eso.

Eso, además de ser un juego falaz, hace inevitable pensar que lo que en realidad les importa no es el costo de las medicinas o los efectos de esos costos en la población, sino proteger sus propios intereses.

El otro elemento que es importante tomar en cuenta al hablar de los costos de la intermediación en los mercados minoristas en México es el problema, muy lamentable, de la inseguridad pública que hace que cualquier empresa que desee distribuir productos se vea forzada a realizar inversiones cuantiosas en materia de seguridad y vigilancia.

No sólo eso, ese tipo de costos inhiben el ingreso de otros competidores no sólo al mercado de las medicinas. Ahí está el mercado del cemento y en general el de los materiales de construcción donde también hay, por una parte, monopolios como Cementos Mexicanos que son por su naturaleza misma muy perjudiciales y, por la otra, problemas en materia de distribución a los minoristas del ramo e incluso a los consumidores finales, quienes muy frecuentemente sufren asaltos, por el clima de inseguridad que padece el país.

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Por cierto, ¡qué alegría ver cómo jugó el Pachuca! Todo lo contrario del patético ridículo que los televisos americanistas fueron a hacer a Japón. Y no, no se escuden, ratas cobardes, en que perdieron con un grande. Un grande los hizo pomada, pero al "chico" le ganaron de pura chiripada, porque el gol contra el equipo coreano fue de peor es nada.


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